Adiós, Manel; adiós, amigo

Sergio Cortés
SERGIO CORTÉS

La llamada de Manolo Toledo me dejó frío. Y la confirmación de Francesc (que te consideraba como un padre), llorando, helado. Raúl, que ha estado pegado a ti estos días, no puede articular palabra. No entiendo nada, Manel. Ahora que lo habías superado. Con lo que había costado.. Cuando derrochabas ilusión, ganas de vivir, sencillamente otro tono de voz. Estuviste a punto de perder la pierna por no levantar el pie y te vas al pie del cañón, en un campo modesto, viendo un partido de fútbol-base.

Han sido seis años de intensa relación, desde que nuestro amigo Paco Flores organizó el café aquí al lado del periódico. Tuvimos un gran 'feeling' desde el primer día. Decías que yo te había contagiado malaguismo en vena aquella tarde, pero tú, sin saberlo, ya lo traías de serie. Sería que como el Espanyol también vestía de blanquiazul... Te implicaste tanto que, como siempre te recordaba, el inimitable José Carlos Pérez me decía: "Tu amigo no parece catalán. Nada más que hace pedir para gastar en la cantera..." Nadie puede poner en duda que tú fuiste el único al que ficharon los propietarios por el currículum.

Hemos vivido mucho en este periodo. Al final, calculando, han sido más las preocupaciones que las alegrías. Pero nos hemos reído mucho, muchísimo. El que te conocía sabía que tenías alma andaluza con tus ocurrencias, incluso cuando la cosa no pintaba bien, como cuando al final te renovaron in extremis (ya comenzado julio) hace cuatro años.

El fútbol-base era tu pasión. Como José Carlos, no me hiciste caso. Ni a mí ni a tus más cercanos. Llevaste a tu cuerpo al extremo y eso casi te cuesta la pierna y la vida. "Soy muy completo. Tengo el azúcar, la circulación, el colesterol... No me falta de nada", bromeabas. Aún recuerdo cómo tu querida (y mi admirada) Merçé me contaba el postoperatorio de la primera operación. "Hasta en sueños hablaba de no sé qué del equipo cadete. Es que este hombre no tiene remedio". Luego vinieron el calvario, los días y días en el hospital, los primeros síntomas positivos, la confirmación de que podrías volver... Pero volviste sin tomártelo en serio. Y recaíste. Ahí sí le viste las orejas al lobo. "Es que soy muy burro", nos decías a los que te dábamos la carga porque no nos habías hecho caso. "Ahora sí me lo voy a tomar en serio, de verdad", nos asegurabas.

Cinco operaciones, cinco, y a cual más complicada. Cientos de horas de sufrimiento que te convirtieron en el alma de la planta del hospital. "Las enfermeras dicen que le van a poner lunares a mi bata porque dicen que al final voy a acabar bailando", me dijiste radiante de felicidad tras el éxito del juvenil hace poco más de un año. Aquello fue un acicate para no perder la batalla.

Poco a poco fuiste saliendo y te hice el compromiso de vernos para 'inaugurar' juntos tu puerta en el campo del Espanyol. Tengo que reconocerte ahora que me bloqueé al verte llegar en la silla de ruedas conducida por tu hijo. Ese día hicieron debutar a Marc Roca. Tú ya estabas mirando por si te lo podías traer... Estos últimos doce meses has peleado como un jabato. Hemos vivido juntos la Selectividad y hasta las graduaciones de nuestras hijas en Bachillerato (tú, tristemente, en la cama del hospital) y ahora, junto al orgullo de ver que la tuya ha entrado en Farmacia, andabas con la ilusión de sacarte ese carné de conducir especial por tu problema con la pierna rígida. "Estoy a tope. Voy a estar una semana y quiero saber cómo están las plantillas, ver algunos partidos, estar en el Costa del Sol...", me advertiste el pasado martes. "No empieces. No te vuelvas loco, poquito a poco", te dije. Y al final te vas sin ver construida tu soñada Academia.

Esta madrugada, antes de escribir estas líneas (ya ves, tantos años y no sabía cómo empezar), Merçé y yo hemos llorado juntos por teléfono. Está abrumada por tantas muestras de cariño desde Málaga. Pero es que has dejado mucha huella aquí. Y no lo digo yo porque he sido tu amigo, sino porque es la puñetera verdad. Siempre habías tenido liderazgo, carisma y una infinita capacidad de trabajo. Pero aquí peleaste por el Málaga desde el primer al último día como un malagueño más. Tenías malaguismo en la sangre. Por eso al final siempre te ganabas a tus críticos. Tenías que irte al pie del cañón, en un campo de fútbol-base, pero todos queríamos disfrutar y aprender más, mucho más de ti. Nos quedamos con tus enseñanzas, tú sabiduría y tu vitalidad. Adiós, Manel; adiós, amigo.

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