EL DESCENSO COMO APRENDIZAJE

Pedro Luis Alonso
PEDRO LUIS ALONSOMálaga

Podría escribir decenas de artículos como este analizando por qué el Málaga se ha ido a Segunda, pero hoy no es el día. Creo que el asunto ha quedado de sobra destripado estos meses en esta columna y en general en nuestra sección de Deportes. Que la gestión deportiva y económica del club ha sido un desastre es obvio, pero el empujón al vacío lo han terminado dando dos entrenadores incapaces de implantar un estilo de juego que hiciera al equipo competitivo y una plantilla con mucha falta de liderazgo (para mí no fue tanto un problema de calidad, y sé que muchos me discutirán esa tesis). Los comunicados llegan tarde. Pero, insisto, no es el día.

Mi columna hoy trataba de ser terapéutica. Me han sobrecogido tantos testimonios de malaguismo en las últimas horas, con Martín Aguilar en cabeza. Sentir unos colores implica disfrutar y sufrir. Es como la vida misma. Un descenso también enseña y permite tomar carrerilla para otro impulso. En la cultura deportiva de muchos aficionados malaguistas, los que tienen entre diez y veinte años de vida, figura casi exclusivamente la celebración: han visto a la selección ganar dos Eurocopas y un Mundial, y a su Málaga pasar una década (inédito) en Primera, jugar la Champions o una cuarta plaza liguera final. Bajar a Segunda forma parte de ese proceso necesario en un largo camino de apoyo a unos colores. Ganar siempre llegaría a ser aburrido. Los éxitos se valoran por su relación con otros periodos de fracasos.

Quienes me han seguido toda la temporada comprobarían mi optimismo por momentos extremo. Si algo ha quedado claro es que pequé de exceso de ánimo y que para descender hay que hacer las cosas realmente mal muchos meses. Ahora no me preocupa tanto jugar en Segunda la próxima campaña como la irresponsabilidad de la familia propietaria y a lo que pueden abocar al Málaga.

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