EN ESPERA DEL FINAL

MANUEL CASTILLO

Ocho, ya son ocho los puntos que separan al Málaga de la salvación. Por eso, no sé cómo abordar el comentario de esta situación cuando el final lo conocemos todos. Por mucho que estemos obligados a mantener viva la llama de la esperanza, de la ilusión más bien, de un sueño ya imposible, la realidad se impone. Los tres equipos que acompañan al equipo malaguista en este 'cuarteto de la muerte' vienen siendo capaces de resistirse a la derrota y empatan e incluso ganan como pueden y donde pueden. El Málaga es una tabla rasa, que no reacciona a ninguna clase de estímulo (fichajes, cambio de entrenados, recibimientos masivos al autocar en La Rosaleda, con sus gradas a rebosar...) y su esfuerzo, reconocido a veces, no se traduce en puntos. En mi medio siglo de vinculación profesional con el equipo de mi tierra no recuerdo que alguna vez haya sido colista tanto tiempo. Lo hemos visto ganar y perder promociones, ascensos y descensos injustos y hasta 'programados' por otros clubes; lo hemos visto desaparecer y renacer de nuevo con otro apellido (C. F.) y, en este caso por obra y gracia, y aporte económico de unos malagueños de pro, pero nunca de la manera penosa que lo viene haciendo ahora.

El origen de todo, no me canso de repetirlo, está en ese jeque que ofertó al club su temporada más gloriosa con la Champions pero que, de inmediato, se dedicó a hacer caja hundiendo paulatinamente al club en la miseria en que lo ha convertido. Por cierto que lo último que hemos leído en su despacho de las redes sociales es que «pronto se va a descubrir la corrupción y la injusticia que se teje alrededor del Málaga». Una manera improcedente de justificar un comportamiento cuyo final parece tan irreparable como inmerecido para una ciudad que, hoy, puede presumir de todo menos de fútbol.

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