Una liturgia desaparecida

JOAQUÍN MARÍN D.

Colas en las taquillas. Cuántas colas en las taquillas habremos guardado los malaguistas para obtener una entrada, un abono, un pasaporte seguro para el mucho sufrimiento y la poca alegría. Qué fantástico sentimiento empuja cada verano a decenas de miles de personas a apartar un dinero y a coger un sitio en una grada para ejercer un compromiso que va mucho más allá de asistir a un espectáculo deportivo, cuando es digno de ese nombre. De las colas analógicas, horas de pie, normalmente bajo un sol achicharrante, el sol de junio de Málaga, hemos pasado ahora a la comodidad del teclado y a la transferencia por Internet. No es que antes fuera mejor, pero uno recuerda hasta con cariño las tres horas de espera ocultándose del sol en la avenida de la Palmilla, desde la puerta por la que entran los coches de los jugadores hasta las taquillas situadas en la grada de Gol, para comprar el abono de la Champions. Tres y hasta trece horas habríamos esperado si hubiera sido necesario. Y tiempo atrás, también colas para comprar el miniabono de la fase de ascenso a Segunda División de la ya lejana temporada 1997-98, con el Beasain, el Talavera y el Terrassa como rivales de postín. Después, las colas para el abono del regreso al fútbol profesional, el curso efímero de Segunda con Peiró, coronado con el inolvidable ascenso de aquella luminosa mañana de mayo de 1999. Año tras año, colas para renovar el compromiso, algunos sin esperar a cambio más que una permanencia sufrida; otros, con ilusiones pronto rotas, como el reciente de Juande Ramos, y otros, pocos, con la certeza del éxito. Ahora se enciende el ordenador y se mete el número de tarjeta de crédito. La liturgia de la cola se ha terminado.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos