MÍCHEL, PIES EN EL SUELO

JOAQUÍN MARÍN D.

Míchel cayó de pie en el banquillo del Málaga hace unos meses y ahí sigue, con los pies en el suelo. Y precisamente porque huye de titulares fáciles, da titulares buenos. Se ha acabado esto del brindis al sol de Juande Ramos del último verano por el acceso fácil a la competición europea, sin calibrar al equipo ni verlo compitiendo. En realidad, la desazón general de la pasada temporada fue eso: que nos veíamos -nos veía el entrenador- en los puestos nobles de la tabla. Hizo una ecuación fácil, o más que fácil, inexistente: quitó de en medio las variables que corresponden a los demás equipos. En una liga de un solo participante seríamos campeones, claro. En una de veinte equipos, quedar entre los seis o siete primeros equivale, por lo pronto, a terminar por encima de lo que tu nivel presupuestario marca. Puso Juande Ramos pies en polvorosa en cuanto empezaron a venir mal dadas. Gato Romero tropezó repetidamente en una obsesión de juego y en la mala suerte, que también. Y Míchel, sí, cayó de pie. Levantó a un equipo que estaba hundido moralmente, cumplió su trabajo, dejó la ilusión de la afición en perfil ascendente -las ventas de abonos así lo prueban- y se fue de vacaciones con la idea de construir un Málaga poderoso desde la humildad de sus declaraciones. Se agradecen ruedas de prensa como la que ofreció hace un par de días, sinceras, claras, sin engañar a nadie pero sin esconderse ante nada. Oigan, ilusión sí, magia no, vino a decir. La afición sólo exige dos cosas, y esto es aplicable a todos los clubes: que se diga la verdad y que se trabaje hasta que no se pueda más. Y ésa es la fórmula para crecer: pies en el suelo y poco relato.

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