
Lectura positiva: el Málaga encadena su séptima jornada liguera sin perder, lo que no es poco en Primera División, y salió vivo de El Molinón pese a sufrir ausencias importantes en la alineación. Lectura negativa: la racha actual se ve lastrada por el pésimo arranque del curso, de modo que sumar de uno en uno no parece garantizar la permanencia. Como frente al Mallorca, el equipo volvió a estar aliado con la fortuna y sigue mostrando carencias importantes en su juego, sobre todo en la posesión del balón.
De lo que no cabe duda a estas alturas es de que la plantilla es susceptible de ser mejorada en el mercado de invierno -otra cosa es hacerlo sin gastar, poco menos que la cuadratura del círculo-, y que el equipo ha alcanzado más solidez defensiva a partir de la incorporación de un jugador con el que nadie contaba, Iván. Curiosamente su concurso está asegurando no perder, aunque esto no deje de ser un capricho estadístico. Sorprendentemente, en un partido en el que la actuación del cuarteto defensivo fue más que aceptable, el equipo encajó dos goles en Gijón. El primero, a balón parado, y el segundo en un chupinazo desde casi treinta metros que se tragó Munúa.
Un error que cabe considerar como técnico del meta uruguayo le costó ayer dos puntos al Málaga. Un exceso de confianza del héroe del triunfo ante el Mallorca, porque este deporte es así de caprichoso. Más allá del empate, que cabe considerar como positivo después de una victoria como local, el principal reproche que se puede atribuir al equipo es su impaciencia cuando está en la posesión del balón, una falta de criterio por momentos desesperante que inutiliza sus posibilidades en ataque y da opciones para crecerse a sus rivales. No es un defecto nuevo, pero ayer fue clamoroso. Por dos ocasiones el Málaga gozó de ventajas en el marcador, pero las dilapidó en un reflejo de citas precedentes como la de Valladolid. Paradójicamente, retrocede fruto de sus prisas en llegar pronto al otro extremo del campo y al no ser capaz de hilvanar juego.
Muñiz apostó por Mtiliga como lateral derecho como solución ante las ausencias de Jesús Gámez y Manolo, y el danés, pletórico ayer, colaboró de forma decisiva para desnivelar el marcador. Irrumpió a la espalda de Canella -mejor en ataque que en defensa- recibió de Baha y centró con la derecha al segundo palo, en el que apareció solo Duda. El luso necesitó dos remates para acertar ante Juan Pablo. No conforme con esa contribución inesperada -en su puesto natural no había dado pase alguno de gol-, Mtiliga fue una roca ante Diego Castro.
La otra novedad estuvo en el ataque, con un Forestieri un punto revolucionado, aunque incisivo. Una pesadilla para la zaga local, por más que todo lo que tuvo de empeño le faltase en aplomo y calidad a la hora de definir. Antes del descanso tuvo dos opciones para dejar muy decantado el triunfo, pero en una se aturrulló hasta dejar salir el balón por la línea de fondo, y en la otra utilizó el exterior de su pierna derecha para cruzar el disparo, quizás en la peor opción después de haber hecho un primer control del balón más propio de un 'crack'.
Gol en el tiempo añadido
El Sporting no decepcionó. Jugó con su esperada intensidad. Es un equipo honrado, vertical, generoso en el esfuerzo. La movilidad de Barral en punta ayuda mucho, así como las apariciones en distintas zonas de De las Cuevas. Pero hasta el intermedio apenas inquietó a Munúa si se exceptúa un remate franco del delantero y un tiro cruzado de Maldonado. Se llegaba al tiempo de prolongación cuando Weligton cedió un córner que se pudo evitar. En el lanzamiento Gregory cabeceó entrando como una exhalación al remate y Duda no llegó a despejar en la línea de meta. El empate no pudo ser más inoportuno.
La precipitación del Málaga, la que enseguida lo lleva a deshacerse del balón para cederlo al rival, fue especialmente palpable en los segundos 45 minutos, de mayor dominio de los rojiblancos. Muñiz tenía pensado reservar a Apoño para la última media hora, pero el que fuera jugador franquicia del equipo apenas está para ser un futbolista más de trabajo en el centro del campo. Tampoco Pedrito y Luque le dieron otro aire en el plano ofensivo. Demasiado fríos, lejos de la necesidad de un equipo afanado en conservar un punto.
Y eso que se pusieron mejor las cosas cuando Weligton aprovechó una falta lejana botada por Duda, aparentemente sin peligro, pues estaba muy lejos del área local. Casi sin méritos para mucho más el Málaga se adelantó de nuevo en el marcador, pero esta vez la ventaja apenas le duró nueve minutos. El empate a dos llegó de la forma más inopinada, después de que Canella atinara con un tiro lejano que se comió Munúa al colocarse mal para detenerlo.
Se fueron lesionados Juanito y Duda, y Pedrito sustituyó a Baha, relevado antes de lo habitual. No hubo minutos para el adolescente Juanmi, que de haber jugado y marcado habría batido registros de precocidad en la historia de la Liga. En el otro bando, Manolo Preciado sacrificó al amonestado Diego Camacho y se la jugó al colocar a Carmelo como teórico medio centro junto a Míchel.
Minutos de empuje local
La intensidad del Sporting comenzó a encerrar a un Málaga nada cómodo en el partido. Fueron los minutos de más agobio para los pupilos de Muñiz, empeñados en rifar el pase. Tan pronto sacaba Munúa en largo como optaban por un envío arriesgado cualesquiera de los futbolistas de campo. Como gato panza arriba, el cuadro visitante aguantó las embestidas, con un De las Cuevas venido a más, un tiro al poste o una postrera acción de Carmelo con intervención en dos tiempos de Munúa. Sólo una escapada de la ratonera de los blanquiazules, una larga carrera de Pedrito, generó problemas a los locales, que empujaron de lo lindo espoleados ante su parroquia.
Desde esta perspectiva el pitido final de Estrada Fernández sonó a gloria bendita. El Málaga regresa de Asturias como se propuso, invicto y prolongando esa reacción que no es fruto más que de la mayor estabilidad de un conjunto que ya tiene un equipo base, una estructura sólida que lo hace acusar menos de lo esperado algunas ausencias puntuales.
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