
Muñiz es el culpable. Sí, culpable por complicidad. Precisamente lo que trató de evitar Antonio Tapia cuando decidió no continuar. El asturiano es culpable por muchas razones: por no haber apretado en sus exigencias, por no haber alzado la voz con la planificación de la plantilla, por no haber desmentido que este equipo es mejor que el de hace un año, por haber transigido con el desastre del mercado de invierno, por no decir las cosas claras (aunque duela)... Luego, aparte, está su cuota como entrenador del equipo, como hacedor de alineaciones y responsable de los cambios. Pero la realidad está fuera de duda: el Málaga no tiene más. Por eso, y porque es la tercera plantilla más barata de la Liga, también fue incapaz de superar al Valladolid y nunca ha dejado de ser candidato al descenso.
Entre las bajas (Weligton, Manolo, Obinna, Benachour, Iván y Caicedo) y los jugadores determinantes fuera de forma (Duda, Apoño y Luque), el Málaga volvió a estar ayer como alma en pena sobre el terreno de juego. Salvo en los espejismos de las visitas al Atlético y al Racing -gracias a goles al comienzo frente a rivales más pendientes de la Copa-, el equipo nunca ha ofrecido un nivel ofensivo destacable. La falta de velocidad y calidad siempre ha sido preocupante, y la historia de ayer no fue nueva: las ocasiones llegaron a cuentagotas, pero el Valladolid nunca sintió que peligraba el empate.
Con el rosario de contratiempos ya reseñado -y quizá desconocido para muchos- Muñiz arriesgó ayer con la entrada de dos centrales recién salidos de sendas lesiones (Stepanov y Hélder Rosário) y situó a Jesús Gámez y Mtiliga en sus posiciones lógicas. A la alineación sólo se le pueden poner como peros que Manu pasara al banquillo (Mtiliga es el titular en su posición) y que mantuviera a Fernando. En esta última decisión pesa de un lado el compromiso y la entrada del malagueño, y por otro, la decepcionante actuación de Valdo en los últimos partidos y el bajón de Javi López.
Nada más. Porque el Málaga realmente cuenta con muy poco. Y de lo poco, casi nada para generar peligro de verdad. El Valladolid no hizo más que lo que esperaban todos en la plantilla desde el mismo jueves por la mañana: ocho futbolistas bien anclados atrás por delante del portero, envíos en largo para Manucho y movimientos de Diego Costa para sorprender con su velocidad a los centrales. Y a eso se limitó en la primera parte.
El Málaga evidenció en el primer cuarto de hora su enorme ansiedad. En cada acción defensiva sufrió lo indecible para alejar el balón. Fue en esos minutos cuando el poderoso juego aéreo de Manucho 'entre líneas' se dejaba notar. Mientras, el equipo blanquiazul era incapaz de llegar. Dos tiros de Duda levantaron el ánimo. Durante siete u ocho minutos -igual que en la segunda parte- los locales lograron provocar cierto desorden defensivo en el Valladolid. Sin embargo, no aprovecharon ni un buen centro de Baha (al que no llegó Forestieri) ni la típica salida alocada del guardameta Jacobo.
Apoño y Luque, forzados
Tras el descanso Muñiz tuvo que recurrir a Apoño y Luque. Ninguno de los dos está siquiera para media hora. El bajo estado físico de Apoño -al que se forzó en su momento recién salido de la lesión- queda claramente reflejado en su lentitud de movimientos y en la necesidad de emplear dos, tres y hasta cuatro toques para poner en marcha la jugada. Sobre Luque, nada nuevo: no está para 'sprints' (fue patente en dos intentos de autopase) ni para tanto tiempo (en los últimos diez minutos estaba desfondado).
Ni con Apoño ni con Luque el Málaga mejoró su nivel ofensivo. El arranque fue prometedor, con dos córners y un cabezazo de Jesús Gámez en los primeros tres minutos, pero el Valladolid, sin la firmeza de Toribio en la presión junto a Juanito y Baha, jugó con más comodidad. La sensación de peligro en los aledaños del área local fue en aumento y Borja y Baraja se apoderaron del centro del campo. Y se disparó cuando Clemente introdujo a Canobbio para los córners y las faltas laterales.
El Málaga sólo soñó con el triunfo durante diez minutos, del 66 al 74, cuando encadenó la única acción positiva de Apoño -un pase al hueco que no aprovechó Juanito-, un intento de remate de tacón de Forestieri y, sobre todo, un disparo fuera de este último completamente solo delante de Jacobo. El primer tiro entre los palos llegó a seis minutos del final y en un libre directo.
Las críticas arreciaron con Muñiz, que había recurrido al juvenil Juanmi, cuando concluyó el partido. Y efectivamente es culpable. Por no haber alzado la voz ante la inoperancia y los flagrantes fracasos en los fichajes. El Málaga no tiene más. Por eso, sobre todo, flirtea con el descenso. Ya sólo tiene un punto de renta.
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