
Ni veces que los aficionados se han quejado esta temporada de que el Málaga no ha ensayado el disparo a puerta. Esa mejoría del equipo en los dos últimos partidos, en el juego (en Bilbao) y en la contundencia (en casa contra el Zaragoza), se completó en Getafe al poner en práctica su manual de tiro. Tres derechos espectaculares, de Eliseu, Toulalan y Cazorla, permitieron remontar el gol encajado al borde del descanso y romper la racha negativa a domicilio. Esa solvencia maquilló otras lagunas ya consabidas en el juego y cierta inconsistencia en las llegadas. Pero la clave es sumar, sumar y sumar. Y así el equipo de Pellegrini se afianza arriba y se acerca a los cuarenta puntos.
El Málaga fue en la primera parte un alma en pena. Su capacidad como visitante es habitualmente casi nula hasta que le ve las orejas al lobo, como en San Sebastián o Gijón. De vez en cuando deja entrever algo de sentido colectivo, como en San Mamés en la primera parte, pero lo habitual es verlo sin llevar el peso del juego, casi siempre a contrapié, corriendo hacia atrás o detrás del contrario. Y lo que es peor para un equipo de Pellegrini, sin oler el balón.
Curiosamente, el Málaga -que solo contó con la novedad de Jesús Gámez en la formación titular, por el lesionado Sergio Sánchez- hizo temblar los cimientos defensivos del Getafe cada vez que merodeó su área hasta que llegó el descanso. Como cuando Rondón llegó desde atrás en el minuto 11 o cuando Sebastián Fernández se marchó de dos contrarios en la banda derecha, pero fue tan esporádicamente que era ilógico confiar en él.
El Getafe, sin hacer nada del otro mundo, llevó el peso del juego y encontró el regalo de algunos saques de esquina y faltas laterales. Hasta se permitió el lujo de trenzar alguna jugada en la frontal. En cualquier caso, su mejor aval eran las apariciones de Valera desde el lateral derecho. Así precisamente llegó el 1-0, poco antes del entreacto (minuto 42): el zaguero alcanzó la línea de fondo, dio el pase de la muerte y Diego Castro remató a placer.
Pellegrini lo debió de ver tan negro que introdujo a Joaquín y Eliseu para buscar más posesión y desborde, con el primero, y más fuerza, con el segundo. Sacrificó a los malagueños: Recio, muy gris, e Isco, también desaparecido y, conviene no olvidarlo, con problemas físicos durante la semana. Con todo, la clave del partido estuvo en una acción puntual, a las primeras de cambio de la reanudación. El disparo de Güiza se estrelló en el larguero y, de paso, despertó al Málaga. Desde ese instante (minuto 51), el Getafe tuvo muy poca presencia.
La reacción del Málaga se materializó primero en un servicio de Jesús Gámez como en los viejos tiempos (buena noticia, a ver si...), pero Sebastián Fernández, que suele fallar las fáciles y meter las complicadas, se comió el balón. A renglón seguido, para disipar dudas, Eliseu se ayudó con un recorte con la izquierda y sacó a pasear esa derecha que con más frecuencia de lo esperado le da réditos excelentes. El disparo entró por toda la escuadra.
Bien es cierto que sin continuidad en el juego el Málaga comenzó a arrinconar al contrario. El Getafe, dicho sea de paso, no daba sensación de nada. Estaba superado. Pero Pellegrini optó por amartillar el centro del campo, esa zona que casi siempre se viene abajo en los últimos veinte o veinticinco minutos. Prescindió de 'Seba' e incrustó a Demichelis en la medular. Todo o nada. Y el riesgo de furibundas críticas para el chileno. La cuestión es que con el argentino se vio a Toulalan como más liberado y en una de sus apariciones en el área emuló a Eliseu, aunque con un disparo a media altura.
El Getafe trató de sacar fuerzas de flaqueza, pero el Málaga, al fin, ya tenía ese plus de confianza del que suele carecer a domicilio. Total, cuando el partido expiraba y los malaguistas (aficionados y jugadores) se aprestaban a alzar los brazos para celebrar el triunfo Santi Cazorla (inconmensurable en el último tramo) dejó para la historia un gol maravilloso, con una vaselina a Moyá desde unos 35 metros y, además, con la dificultad añadida de estar escorado a la banda derecha. Un epílogo similar a la ida, con aquella soberbia chilena del añorado Baptista. El tercer capítulo del manual de tiro.
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