Malaga CF

La única voz debe ser la de Míchel

Aires nuevos en La Rosaleda, incluso vientos. Se inicia una etapa de recomposición, no de borrón y cuenta nueva. El ciclo negativo de cinco puntos de 30 disputados es inamovible. Lo que sí es obligado y urgente es hacer un replanteamiento con los hombres que componen el plantel. Míchel es simpático, jovial, extrovertido, de los que manejan bien el comportamiento humano de puertas del vestuario adentro. Por ahí debe empezar. En el Málaga de los últimos tiempos sobran las protestas y a veces ha faltado poder de concentración. Otro apartado lo forman los árbitros y sus deficientes actuaciones, que lógicamente han molestado en el seno del club, pero otra bien distinta, que los futbolistas se tomen la respuesta durante el tiempo de juego para recriminar al del silbato. En San Mamés, sin ir más lejos, Álvarez Izquierdo dio cinco minutos de prolongación. Charles se pasó más de tres discutiendo con los contrarios o diciéndole al colegiado no sé qué, pero con malos modales. Con 1-0 en el marcador era cuestión de atarse los machos hasta el último segundo. Míchel debe conocer bien el equipo, aunque otra cuestión es quién y cómo le informará del comportamiento de la plantilla, de lo que no se ve a través de la tele. Otra: Ontiveros. Ni al Malagueño le hace falta su colaboración ni el jugador necesita un partido más en Tercera. En fin, borrón, conocimiento y meditación dentro del vestuario. Que la voz que se escuche sea la de Míchel y la de sus colaboradores. Nada más.

La que se ha organizado con el ‘obsequio’ a Gil Manzano en Villarreal. Mucha falsedad se ha derramado. Que los clubes entreguen a los árbitros una simple bolsita con un pin y un llavero o fotografía del partido. O que el detalle lo compongan un bolígrafo y una camiseta no pasa de sencilla y elemental cortesía. Lo pregona la definición de regalo: su principal valor es simbólico. ¡Cuánta falta de seriedad, de verdad y de autenticidad!... Alguien dijo que la demagogia es la hipocresía del progreso. Mucho, demasiado se ha hablado y escrito de estos «espléndidos, lujosos y valiosos regalitos». ¿Por qué?...

Lo peor, la malevolencia. Algún dirigente ha mezclado un simple recuerdo con una vía de soborno, como si no supiera de la ‘a’ a la ‘z’ la auténtica realidad de la corruptela. En nuestro fútbol, el que esté libre de trapicheos, que lance la primera acusación. En La Rosaleda, sin ir más lejos, han sucedido tantos episodios… Me refiero a un club modesto, con limitadísimas posibilidades económicas. Para qué pensar en los potencialmente fuertes.

Voy a rememorar algunas vivencias de los años 60 y 70. De pares y nones. Esta que voy a comentar, negativa. Paco Ramos, industrial que ejercía de malagueño hasta en sus sueños, creó en la trastienda de su acreditado comercio, La Malagueña, en Calle San Juan, una agradabilísima tertulia de fútbol a la que tuve ocasión de asistir varias veces. Se celebraban en las tardes de los sábados, entonces jornadas laborables. Paco Ramos, excelente persona y seguidor de categoría de nuestro equipo, logró rodearse de notables futboleros. La mesa de aquella trastienda, de lujo. Como los productos de la tienda. Total, que a lo largo de la temporada fueron incorporándose hasta un buen número de árbitros que venían a pitar en La Rosaleda. Y dirigentes del club blanquiazul, entre otros amigos. Una docena, más o menos.

En una ocasión, un colegiado del norte, joven y fuerte, no disimulaba su satisfacción por el buen rato que estaba pasando de reunión. Presumía, además, de cierta vinculación con nuestra tierra. A su madre le encantaba la Costa del Sol, en la que solía pasar varios meses del año. Después de la tertulia, el árbitro, la mar de animado, siguió la jornada malagueña. Al filo de la medianoche, tras pasar por la sala de fiestas Pigalle, en el Paseo Marítimo, se adentró en la playa e inesperadamente se dio un remojón en el mar. Nos sorprendió a todos. Estaba totalmente identificado con el ambiente y la noche malagueña. Venir a arbitrar a esta ciudad era un lujo para él, dijo y repitió. Amable lector, en estos instantes pensará en el día siguiente, ¿verdad?... Exactamente igual que los que entonces lo acompañábamos. Les cuento. Llegó la hora del partido. A los pocos minutos, el equipo visitante marcó en clarísimo fuera de juego. El amigo tuvo una desafortunada actuación. Perdió el Málaga, se equivocó mucho y fue despedido con una bronca de las que no se olvidan. Y «adiós, Lucas...» (Continuará).

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