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Un debate de respeto

He dejado de ver las finales de la Copa del Rey. Me da vergüenza ajena y propia aguantar semejante falta de respeto al himno de España y a su Jefe del Estado, que al fin y al cabo no son una pieza musical o una persona, sino símbolos que representan a millones y millones de personas en este condenado país. No cabe debate sobre la libertad de expresión, que es sagrada, y debe amparar manifestaciones individuales o colectivas por más que duelan o avergüencen. El debate es sobre la pura educación, asimilada en las propias casas, de padres y abuelos, primero; y en las escuelas después. Es un debate de respeto, de cultura. Yo, que no soy nacionalista ni patriotero, abomino de la ligereza con que las aficiones vasca y catalana han insultado a los símbolos de este país llamado España a lo largo de los últimos años, siempre con la aquiescencia de sus clubes y por supuesto de sus gobiernos autonómicos; siempre en nombre de la libertad de expresión, pero sacando de la ecuación variables fundamentales como el respeto a los sentimientos ajenos o la más mínima cortesía. Se pita contra un país democrático, que permite por ejemplo que la fiscalidad en el País Vasco sea un privilegio, de manera que los clubes de fútbol pagan menos impuestos y más sueldos de futbolistas para competir de manera desigual. O que permite que el Barcelona (y el Madrid) sean clubes deportivos y no sociedades anónimas, como todos los demás, con las ventajas fiscales que eso conlleva. ¡Eso es opresión, sí señor! De las últimas nueve finales, el Barcelona ha estado en siete y equipos vascos en cuatro, con sus correspondientes pitidos. En la última, en el Calderón, medio campo estaba vacío. Y es que uno no va donde le insultan.

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