UNA NUEVA MOTIVACIÓN

JOAQUÍN MARÍN D.

Ante un reto mayúsculo como el que tiene ante sí el Málaga caben dos opciones: creer o arrojar la toalla. No hay una tercera vía, anodina, equidistante, que permita despachar la temporada sin daños. Lo que nos espera será épico o no será; ya no es posible una permanencia tranquila, ese horrible eufemismo que en realidad significa aburrimiento, intrascendencia, estar por estar. Al menos, la segunda vuelta liguera que arranca en el dificilísimo campo del Eibar el lunes presenta las credenciales de una misión suicida, en la que el riesgo es altísimo pero el premio, en caso de éxito, tocará el máximo nivel de la medida de la satisfacción. Como los sueños no son mensurables, sino que se cumplen o no, el calibre de la empresa que afronta el técnico José González tiene la vitola de hazaña, por cuantos pocos apostarían una sola ficha a la casilla de la salvación del Málaga en la loca ruleta del casino futbolístico. Pero oigan, el nuevo entrenador ya sabe lo que es sortear tiros y mortero en campo abierto, avanzar sin pisar una mina, llegar a la plaza que defiende el enemigo y tomarla sin apenas un rasguño. Lo hizo con el Granada, y no hace veinte años, ni diez, ni cinco: hace dos. En su currículo acredita la experiencia de salvar al menos a un equipo desahuciado, preso de la histeria de que ahora hace gala un Málaga que cuenta sus partidos por llantos infantiles de futbolistas derrotados. Si hay que elegir bando, yo lo tengo claro: yo creo. De qué otra manera voy a ir a La Rosaleda si no. De qué otra manera voy a explicarle a mi hijo que las hazañas imposibles también se cumplen, si se luchan. Se trata de una lección de vida. Una nueva motivación.

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