La nueva vida de Fernando

Fernando, en pleno entrenamiento con el equipo húngaro./SUR
Fernando, en pleno entrenamiento con el equipo húngaro. / SUR

El exmalaguista comienza su primera temporada completa como técnico del DVTK húngaro, equipo donde se retiró como futbolista

MARINA RIVAS

La razón le hizo cumplir un sueño y el corazón lo llevó a empezarlo en el mismo sitio en el que se despidió de otro. No hay malagueño que no conozca a Fernando Fernández Escribano, ya sea en su faceta como el habilidoso mediapunta goleador que fue durante diez temporadas en Primera (con el Real Madrid, Valladolid, Betis y Málaga) o, más adelante, como entrenador de El Palo y, esporádicamente, del Juvenil B blanquiazul. Sin embargo, no muchos saben por qué el malagueño decidió empezar una nueva vida, hace escasos meses, a más de 3.000 kilómetros de distancia, concretamente en la ciudad húngara de Miskolc, la cuarta más grande del país, con más de 160.000 habitantes.

Años atrás, a Fernando no le bastaba con calzarse las botas y defender su camiseta. Siempre quería saber más. Andaba con el equipo técnico allá donde estuviera y solventaba así sus inquietudes estratégicas. Por aquel entonces ya empezaba a construir su futuro. «Yo sabía que quería ser entrenador a un alto nivel, he estado toda la vida de jugador a un nivel profesional en Primera y, como entrenador, al final, aspiras a lo mismo», señala. Su primera experiencia en un Primera División le llegó el pasado mes de abril, cuando, a falta de 6 jornadas para el fin de la liga húngara, el DVTK reclamó sus servicios para lograr la salvación del equipo. Al cierre del torneo, lo consiguió. Fue a cumplir un exigente objetivo profesional, precisamente, en el club en el que colgó las botas en el curso 2013-14. «Todo el mundo me conocía de cuando estuve como jugador, incluso la gente me para por la calle. Allí estuve dos años y tengo un gran recuerdo», comienza. A lo que destaca: «Incluso, estoy coincidiendo con tres jugadores que fueron mis compañeros: el portero croata, Iván Rados y dos húngaros: el lateral derecho Eperjesi y el delantero Bacsa». Aquella gesta sólo fue el inicio. Al malagueño le restan dos años más al frente del equipo y esta será su primera campaña partiendo de la pretemporada.

«Creo que aquí los jugadores son más disciplinados y honrados en el trabajo», afirma

El tiempo es el mayor aliado de cualquier entrenador para ganarse la confianza de sus superiores, en el caso de Fernando, en este club de más de 100 años de existencia, tres títulos en su palmarés y propiedad de uno de los mayores empresarios del país. El que le recordaran en el equipo y la ciudad fue, sin duda, un aliado a la llegada de Fernando, aunque otro influyente en su buena acogida fue su capacidad de empatía: «Desde que llegamos creímos en ellos, el equipo estaba en una situación jodida y los últimos meses fueron duros: muchas críticas… Había que hacer que ellos recuperaran la confianza y eso se adquiere con resultados», explica. Resultados que vienen dados por mucho trabajo, como el del malagueño, que puede pasar desde las 7 de la mañana hasta la noche entre entrenamientos y reuniones en la ciudad deportiva del club, acompañado gran parte del tiempo de su segundo, el también malaguista y su compañero en El Palo, Antonio Muñoz. Hace tiempo que las vacaciones ya no forman parte de su calendario. En los escasos 10 días que pudo regresar a Málaga, no paró de planificar aspectos del inicio del curso y, además, vivió la mala noticia del descenso ya en la ciudad costasoleña. «Bajar fue una decepción. Ahora sólo queda preparar bien al equipo para la nueva temporada. El fichaje de Muñiz ha sido un acierto; ojalá tenga suerte», se sincera.

Diferencias con España

Poco ha tardado el malagueño en hacerse a la idea de volver a vivir en Hungría, donde ya comenzó con la pretemporada. Tras un tiempo residiendo en uno de los hoteles del dueño del equipo, ya se acomoda en una casa, retirada del centro, donde vive junto a su pareja. Se ha hecho a la idea de lo exigente de su afición: «Aquí hay una gran afición al fútbol, nuestro estadio, que además está recién construido (15.000 personas de aforo) siempre se llena en cada partido». Aunque la presión no le importa, siempre que sus jugadores mantengan su carácter en el campo: «Creo que los jugadores aquí son más disciplinados y honrados en el trabajo, tienen una cultura del esfuerzo y trabajo muy desarrollada, quizá el sistema de la sociedad influye en esto», afirma el costasoleño, que, además, está dando clases de húngaro para comunicarse mejor con su equipo.

Quizá entre los mayores contratiempos de su estancia se encuentre la meteorología. Y es que la liga húngara obliga a realizar un parón de más de un mes (del 15 de diciembre al 2 de febrero) por las fuertes nevadas. Ahora incluso se ha acortado, porque se está invirtiendo mucho en los equipos de fútbol, casi todos los campos son nuevos y tienen sistema de calefacción especial en el césped para facilitar que puedan jugar en invierno», explica. Una liga dura y en crecimiento, mayormente compuesta por jugadores del propio país o de los vecinos y en la que los primeros puestos de la competición pueden optar a jugar en Europa. Una primera estación en la vida del malagueño, al que no le importa su destino siempre que cada paso le lleve a convertirse en el entrenador con el que soñó ser algún día.

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