Y AHORA, EN SEVILLA

MANUEL CASTILLO

Hay quienes definen o catalogan el fútbol como un sentimiento. Y el gol, diría yo, como un termostato capaz de calentar y encender la frialdad de todo un estadio. El sábado en La Rosaleda estuvo a punto de producirse una hecatombe o crisis de importancia descomunal, determinante para el equipo y el propio entrenador, y de hundimiento anímico de todos los seguidores malaguistas. El 1-3 no daba ya margen para el arreglo y a diez minutos del final eran ya muchos los espectadores que habían abandonado sus asientos; en ese momento, sin embargo, un gol de Baysse encendía la mecha de la ilusión (¡se puede! ) y Rolan, a cinco minutos del final, volvía a marcar poniendo el marcador en un 3-3 increíble. Y hasta quedó tiempo para pensar en el triunfo.

Ese gol postrero de Rolan debiera significar algo más que el empate. Hizo pasar al Málaga del fracaso a la gesta, que así se habría proclamado en el caso de una victoria. Este empate frente al Athletic tendría que convencer a los jugadores de que son capaces de ganar en Sevilla. Y de conseguirlo, el panorama pasaría del negro actual a la luminosidad de un futuro acorde con el sueño malaguista. Ya se decía con anterioridad que el equipo malaguista empezaba a ser otro; en el Sánchez Pizjuán está la ocasión. A nadie debe extrañar un triunfo allí (no sería la primera vez) a la vista de los resultados habidos en esta pasada jornada, con goleadas de cuatro goles a placer lo mismo en casa que lejos de ella. Que la competición está muy igualada sólo se empeña en demostrarlo el Madrid, relegado a un quinto puesto en la sexta jornada de Liga, o el Villarreal en el puesto 14 de la clasificación, con un Barcelona disparado pese a sus problemas de fichajes y demás. Que se establezca la calma es, de momento, lo más deseable. Málaga, la capital, los malagueños, aspiramos y nos meremos mucho más.

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