EL ÚLTIMO PARTIDO

FÚTBOL ESCRITO

JOAQUÍN MARÍN D

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo acudió por primera vez a La Rosaleda. Sería, por cuestión de estadística, un día soleado, seguramente a principios de temporada, por septiembre; pero no es posible saberlo ya. Tampoco el rival, ni la categoría, aunque posiblemente hablemos de Segunda, porque por entonces lo normal para el Málaga era subir a Primera y en seguida bajar otra vez. La etiqueta de 'equipo ascensor' se inventó aquí. Tampoco se puede saber la alineación de aquel día, ni el entrenador. Pero nada de esto es importante ahora. Apenas sería un apunte para el recuerdo, una nota a pie de página de una historia muy larga, llena de derrotas pero también de victorias, colmada de decepciones pero también de alegrías, casi todas inesperadas. Algo no ha cambiado en todo este tiempo: desde el Seminario aún se ve La Rosaleda, como seguro que en aquella época, por más edificios que hayan levantado en medio. Y en las tardes de partido, si no hay viento, todavía se escuchan los cánticos de los goles desde los pasillos del edificio diocesano, a las espaldas del Monte Victoria. Esos pasillos tan bien conocidos y reconocidos, antes en un lugar de la memoria fresca y joven, ahora únicamente en fotografías ajadas que demuestran que el tiempo pasa y deja huella. El Seminario, la vera del río, El Molinillo, la avenida del Doctor Marañón, el edificio de Sur... Todos son lugares familiares, alrededor de La Rosaleda, donde de niño soñaba con jugar, porque entonces los niños querían una profesión que obligara a llevar uniforme: futbolista, cura, torero o militar. Es un poco de todo, quizá lo que más futbolista, pero también seminarista y alférez de caballería. Nadie sabe a ciencia cierta cuándo acudió por última vez a La Rosaleda. Pero queda la esperanza de que pueda volver una vez más.

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