HONORES A PELLEGRINI

JOAQUÍN MARÍN D.

Las viejas deudas nunca caducan, sobre todo si son de honor. Acaso sean las únicas que realmente merecen ser llamadas así, en su acepción de deber moral. Lo que Málaga tiene con Manuel Pellegrini es exactamente un compromiso de honor, que además implica obligación, y que acaba de ser parcialmente saldado con la nominación de una rotonda cercana a La Rosaleda. Es el responsable de que el malaguismo se haya sentido, puede que por única vez en su historia, en el mismo plano de competencia que los grandes del fútbol europeo: Milan, Bayern Múnich, Real Madrid, Oporto, Barcelona. Es decir, Pellegrini nos convenció de que podíamos ganarle a cualquiera de estos mitos en la competición de clubes más importante del mundo. Nos inoculó orgullo bien entendido, conciencia de grandeza en el evanescente mundo del fútbol, donde la gloria puede durar lo que un córner mal defendido o un fuera de juego no pitado. Con él llamamos a la puerta del éxtasis pero nos cortaron las piernas cuando íbamos a tirarla de una patada. Una ciudad respira por muchos pulmones, y por supuesto también por el deportivo, en el bien entendido de que trasciende al mero resultado y construye identidad, comunión y catarsis como esas noches que viví en Martiricos. Pero una ciudad también sangra por muchas heridas. A menudo las tragedias deportivas, por lo que tienen de repentinas y condensadas en el tiempo, son más traumáticas que otras seguro más importantes. Y lo de Dortmund lo lloraremos siempre con Pellegrini. Nunca me gustaron los homenajes sumarísimos, precipitados, casi improvisados. Pero cinco años después era hora de pagar con honores al chileno, malagueño para siempre en una historia tan bonita como trágica.

 

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