Todo fue posible en Granada

MANUEL CASTILLO

Viajar a Granada, hace un montón de años, era toda una aventura. Era, desde el punto de vista futbolístico, como ir a la guerra. Se podía viajar en moto, en coche (utilitario lo más) o en tren; en un tren, hay que aclararlo, al que se le llamaba botijo y rebosaba de gente hasta los estribos. Ya era suerte encontrar un hueco, pero el C. D. Málaga merecía todo esfuerzo humano, que el divino había que invocarlo hasta llegar a Los Cármenes. Mientras tanto, los que se aventuraban a la carretera ya iban mentalizados para esquivar como fuera (sobre todo a la vuelta, tras el partido) los clavos, chinchetas y palos con los que los aficionados granadinos, apostados a la salida de Santa Fe, trataban de atemorizar y frenar la invasión malaguista. Igual que, a la inversa, lo hacían los malaguistas. Ahora, hoy día...

Tres mil malagueños, con sus localidades personalizadas en el bolsillo, viajaron tras los pasos del Málaga C. F. ilusionados con verlo ganar el partido del año (y mucho más). Esta vez en motos de gran cilindrada, en coches semiautomático y algunos posiblemente en patinetes, con la misma ilusión y pasión de hace medio siglo, pero con un hermanamiento con aquella afición que es motivo de ejemplo a nivel nacional. Todo parecía más fácil, el desplazamiento y el partido, pero la muchachada de Muñiz... ni por esas. Y el clamor malaguista en el Nuevo Los Cármenes se torció en decepción, una vez más. Un equipo que pretende ascender, que hasta sus propios rivales parecen echarle una mano, no puede mantener ese ritmo cansino, plano, inalterable en cualquier circunstancia. Que otra cosa sería si intentara sobreponerse en momentos adversos, que es lo que al fin acertó a hacer cuando se quedó con diez jugadores; si hubiera actuado con esa mentalidad ofensiva desde el principio, otra cosa estaríamos comentando. Esperemos que, al menos, que sirva al equipo, el próximo sábado, para aplicar ante el Extremadura ese espíritu agresivo en su esquema de juego, sin aguardar a que le marquen primero. Esta vez, el viaje de los aficionados será más corto, a La Rosaleda. Y no serán tres mil sino veinte mil. Vaya el triunfo por ellos.